La Casa Deshabitada.
- SUCIA RATA

- 18 dic 2023
- 4 min de lectura
Una reflexión en medio del Caribe Colombiano.

En medio de un tormentoso desespero por el encierro en el que me encontraba en mi lugar de residencia actual, agarré mi maleta y me dirigí hacia un pequeño hostal ubicado en las playas del Caribe colombiano. Este lugar ya lo conocía desde antes y lo recordaba por los gratos momentos que pasé allí. Frente al mar, siempre agradecía poder disfrutar de la brisa marina y la tranquilidad que se respiraba en el ambiente, además de la belleza de un entorno natural que si bien no es el idílico, si era bastante tranquilo.
Sin embargo, en esta ocasión, cuando llegué al hostal, me llevé una gran sorpresa al encontrarlo completamente deshabitado. La terraza estaba vacía y sucia, se veía oxidada y llena de mugre. Las hamacas colgaban solitarias, impulsadas por la brisa al atardecer. Un profundo silencio reinaba en el lugar, interrumpido sólo por el suave rumor de las olas al romper en la orilla. Era un silencio agobiante que reflejaba el abandono del hostal.

Entré a la antesala para pedir una habitación. Me asignaron un cuarto incómodo, con un olor horripilante y muy desordenado. Parecía más bien un depósito de trastos viejos y no un alojamiento digno. Me sentí muy intrigado por la ausencia de huéspedes y personal en un sitio que solía estar animado por los viajeros que venían a disfrutar de sus encantos naturales. ¿Qué pudo haber pasado?, me pregunté, mientras observaba las paredes descascaradas, los baños clausurados, sucios y los muebles cubiertos de polvo. Pese a la desolación, decidí quedarme para tratar de entender qué estaba sucediendo allí y encontrar respuestas.
Cambiado de ropa, salí caminando hacia la playa cercana al hostal. Grande fue mi sorpresa y consternación al encontrarla llena de basura, espinas de pescado en descomposición y un hedor nauseabundo. La cercana planta termoeléctrica tampoco ayudaba, pues sentía claramente su presencia contaminante en esa esquina de paraíso arruinado, todo indicaba que estaba viviendo una distopía apocalíptica.
Decidí meterme al agua, pero tuve una horrible sensación de ansiedad e incomodidad. Flotaban residuos por doquier y el mar tenía un color café turbio, viscoso y desagradable. Sentía las algas podridas rozando mis piernas. Opté entonces por salir y sentarme en un tronco cercano a pensar sobre lo que me estaba sucediendo.

"¿Por qué a mí?", me pregunté, como nos solemos cuestionar cuando atravesamos malos momentos. Seguí reflexionando insistentemente por qué me tenía que pasar esto, por qué precisamente ahora. Seguí allí sentado, triste, desecho, sin fuerzas para buscar otro lugar que me acogiera de mejor manera, incluso pensé retornar a mi casa y mantenerme en el encierro mental y físico en el que estaba. Me sentía agobiado, así que dirigí la mirada al cielo en busca de respuestas y lentamente ella misma bajaba, impotente, hacía la arena en completa desolación.
De pronto, creí escuchar entre la brisa del mar una voz que me decía: "¿Ves cómo está esa cabaña?". "Sí -respondí-, es una casa abandonada, deshabitada". Y la voz añadió: "Así te encuentras tú ahora: como una casa deshabitada, desecha, sucia, así como esta tu mente, tu lugar, tu cuerpo, tu ser. Si has llegado a este lugar devastado es para que te des cuenta del estado en el que tú mismo te encuentras en este instante".
Al escuchar esa voz sentí calma y tranquilidad. Mis pensamientos perturbadores se fueron esfumando paulatinamente hasta que logré encontrar calma y tranquilidad. En seguida comencé a realizar una radiografía de las últimas experiencias que había tenido en mi vida, observando detenidamente en qué momento se dio el quiebre que me condujo a la desesperanza; reflexione sobre mis vacíos, mis miedos, mis heridas, marcas y afectaciones. Empecé a reconocer las sombras de mi vida, los espectros que me recuerdan quien soy, los fantasmas que me abrazan y me acompañan para ser consciente de la necesidad de un permanente cambio. Fue un proceso doloroso, pero necesario. Me di cuenta que muchas de mis decisiones estaban basadas en el miedo, la inseguridad y la frustración, lo que me había llevado a vivir una vida llena de limitaciones y arrepentimientos, habitando un lugar en que me recuerdo que eso que estoy siendo, no es lo que deseo ser.

Después de un largo momento sentado en ese tronco de madera ubicado sobre la playa, eché una mirada atrás, hacía la casa, ese horrible lugar que visitaba y que se convertía en el reflejo de mi vida. Comprendí en ese instante que debía comenzar a recuperar ese ser que admiré, del cual me sentí orgulloso durante tanto tiempo, incluso tierno, y valiente, que cuida de sí mismo y del entorno que le rodea, una persona que reconoce lo no humano y se solidariza con ella como lo recordé al leer a Timothy Morton y su libro de Humanidad. Decidí que ya no podía permitir que la casa y mi vida se definieran mutuamente. Me recordé que, bajo mi propia voluntad, está la llave para realizar los cambios necesarios, abrazado a la sombra, en vísperas de mantener encendida la llama en medio de la oscuridad, ese fuego que se transmuta en la sombra, un trabajo alquímico interno legado de quienes desafiaron a los dioses y buscaron la verdad más allá de los límites establecidos.
La necesidad de cambio a veces llega de las formas menos esperadas. Esa necesidad se manifiesta en lugares, objetos, experiencias o en personas que nos rodean. En estos tiempos de conexión extrema no logramos detenernos a observar nuestro entorno, nuestra vida, nuestra huella por esta existencia. Pasamos como autómatas aún sin ser máquina, pero condicionadas por ellas. Como maquinas humanizadas le restamos importancia al sensible paso por el efímero trasegar del espacio-tiempo de la vida. Sin embargo, es necesario recordar que somos seres capaces de trascender más allá de la monotonía de la rutina diaria. Debemos aprender a apreciar las pequeñas cosas que nos rodean, a valorar cada instante de nuestra existencia y a buscar la verdad en cada experiencia que vivimos, en el reconocimiento permanente de nuestras acciones. Solo así podremos romper con los límites establecidos, desafiando a los dioses y alcanzando la verdadera esencia de la vida.




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