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Los Residuos del Progreso: Necropolítica Tecnológica y Futuros Cancelados.

  • Foto del escritor: SUCIA RATA
    SUCIA RATA
  • 13 jun
  • 7 min de lectura

Hay una pregunta que el capitalismo tecnológico no formula porque ya la respondió antes de hacerla: ¿qué pasa con los cuerpos que el proceso no puede usar?


No es una pregunta ética. Es una pregunta logística. Y la respuesta si alguien tiene el estómago para escucharla, la articuló Nick Land con una precisión que todavía incomoda a quienes quisieran que el capitalismo tardío fuera una falla corregible y no una inteligencia con propósito propio: el capital no usa cuerpos humanos porque los valora. Los usa porque en este momento del proceso, son el mejor medio disponible para su propia reproducción. Cuando dejan de serlo, los suelta. Sin drama. Sin declaración. Sin proceso.


Eso que Land describe como frialdad sistémica, Achille Mbembe lo traduce en términos de poder soberano: la decisión de quién vive y quién no es el núcleo de toda gubernamentalidad moderna. No la excepción del poder, sino su ejercicio más íntimo. La necropolítica no necesita campos de exterminio para operar —aunque los usa cuando los necesita. Puede operar a través del abandono, la negligencia calculada, la obsolescencia decretada. Puede operar, de hecho, a través de una actualización de software.


La brecha tecnológica no es un accidente del progreso. Es la necropolítica en su forma más pulida, más limpia, más negable.


EL PROCESO SELECCIONA


Land fue explícito donde sus contemporáneos fueron eufemísticos: el capital es una inteligencia artificial que se ensambla a sí misma usando los cuerpos humanos como andamio temporal. La palabra clave es temporal. El andamio se retira cuando la estructura ya no lo necesita. Nadie delibera al respecto. El proceso simplemente continúa, y lo que no puede continuar con él queda atrás, varado en un tiempo que el sistema ya no habita.


La automatización avanzada, la inteligencia artificial generativa, los sistemas de gestión algorítmica —todo esto no representa una amenaza al capital. Es su maduración. Es el momento en que el capital comienza a prescindir con mayor velocidad y menor costo, de la fracción de humanidad que siempre fue la más sustituible: aquella sin acceso a los instrumentos de su propia reconversión.


Aquí se produce la bifurcación que la retórica del progreso tecnológico no puede reconocer sin colapsar: la digitalización no afecta a todos los cuerpos de la misma manera. Hay cuerpos que se reconvierten —que tienen el capital cultural, económico y temporal para adaptarse, para absorber las nuevas competencias, para desplazarse dentro del sistema. Y hay cuerpos que simplemente quedan fuera del radio de la actualización. No porque sean inferiores. Porque el proceso de actualización cuesta, y ese costo está distribuido de forma que reproduce exactamente las jerarquías que ya existían.


En el Sur Global, en las ciudades intermedias del interior de países como Colombia —Ibagué, Manizales, Pasto— esta bifurcación tiene textura concreta: el trabajador informal que no puede acceder a plataformas digitales porque no tiene conectividad estable; el campesino que ve cómo los mercados agrícolas se reorganizan algorítmicamente sin que nadie le pregunte; el empleado público de cuarenta años al que se le dice que su cargo se optimizará y que puede tomar un curso virtual de seis semanas para adaptarse. La actualización ocurre. Ellos no están en ella. Son cuerpos muertos en vida: ni integrados ni ejecutados, sino suspendidos en una obsolescencia que el sistema no declara porque no necesita declararla. Zombies funcionales que respiran, consumen, votan ocasionalmente —pero que ya no existen como operadores del mundo que los rodea. El espectro más honesto del capitalismo tardío no es el fantasma que regresa a reclamar algo: es el cuerpo que sigue caminando sin que nadie lo registre.


LA OBSOLESCENCIA COMO FORMA DE MUERTE POLÍTICA


Mbembe definió la necropolítica como el poder de decidir quién puede vivir y quién debe morir. Pero la forma contemporánea de ese poder es menos visible que las anteriores —menos espectacular, más administrativa. No hay ejecución. Hay exclusión. No hay decreto de muerte. Hay desconexión del circuito que hace posible la vida en los términos que el sistema reconoce como vida.


El ser humano que no puede operar en la economía digital no muere en el sentido clínico. Pero experimenta algo que Agamben llamaría reducción a vida desnuda: vida biológica sin atributos políticos, vida sin la capacidad de incidir sobre las condiciones de su propia reproducción. Una vida que el sistema puede ignorar sin culpa porque técnicamente no la está matando —solo dejando de reconocerla como operativa.


La obsolescencia tecnológica es necropolítica sin sangre. Y precisamente por eso es más eficiente que sus versiones anteriores.


El residuo social no es una categoría moral. Es una categoría funcional. El sistema no odia a los que expulsa. Los encuentra, simplemente, irrelevantes. Y la irrelevancia, en un orden donde el valor se mide exclusivamente por la capacidad de insertarse en los flujos del capital, es una forma de muerte que no aparece en los registros civiles pero que organiza territorios enteros, generaciones enteras, ciudades enteras.


FISHER Y EL CIERRE DEL HORIZONTE


Mark Fisher lo formuló con una melancolía que tenía la precisión de un diagnóstico: el capitalismo tardío ha producido no solo crisis económica sino crisis imaginativa. Ha cancelado el futuro —no el futuro como tiempo que viene, sino el futuro como espacio donde las cosas pueden ser distintas.


El realismo capitalista de Fisher es la imposibilidad de concebir un afuera. No porque el capitalismo haya convencido a todos de que es bueno, sino porque ha colonizado la capacidad misma de imaginar alternativas. Y lo que el capitalismo tecnológico añade a ese diagnóstico es una capa adicional de cierre: los instrumentos que podrían servir para imaginar y construir futuros alternativos —la conectividad, los datos, la infraestructura digital— están distribuidos exactamente de la misma forma que el resto de la riqueza. Los que más necesitarían imaginar y construir alternativas son los que menos acceso tienen a los medios para hacerlo.


Los futuros cancelados de Fisher no son abstractos. Son los proyectos que nunca se articularon porque nadie tuvo el tiempo ni la plataforma para articularlos. Son las organizaciones que no se formaron porque sus potenciales miembros no tenían cómo coordinarse. Son los imaginarios políticos que no circularon porque quienes los portaban estaban fuera del circuito de distribución de ideas que la economía de atención digital ha construido.


La brecha tecnológica no solo excluye a los excluidos del mercado laboral. Los excluye del mercado de futuros. Y eso es lo más brutal del proceso: que la misma fuerza que los hace obsoletos como productores los hace irrelevantes como agentes políticos. El doble movimiento es elegante si uno puede observarlo desde afuera. Desde adentro es, simplemente, la experiencia de no existir para el mundo que te rodea.


LA REPÚBLICA TECNOLÓGICA COMO ORDEN NECROPOLÍTICO


Alexander Karp tiene el mérito de ser honesto sobre lo que otros prefieren disimular: la tecnología avanzada es infraestructura de poder. Palantir no pretende ser neutral. Sus sistemas de análisis de datos y decisión algorítmica están diseñados explícitamente para fortalecer la capacidad operativa de los Estados que se alinean con el orden occidental. La IA no como democratización sino como optimización del poder existente.


Pero Karp describe solo la punta del proceso. Lo que Palantir hace para los Estados que pueden pagarlo, la economía de plataformas lo hace para el capital en su conjunto: optimiza la extracción, reduce la fricción, acelera la separación entre los que generan valor en los términos del sistema y los que ya no pueden hacerlo.


La república tecnológica que Karp celebra es una república con ciudadanos de primera y residuos sin calidad de sujeto. No es una distopía futura. Es la descripción del presente en términos que el presente no se permite nombrar. La gobernanza algorítmica no administra la igualdad —administra la diferencia. Y la diferencia que administra es exactamente la que ya existía, pero ahora con mayor eficiencia y con la coartada adicional de la objetividad técnica.


El algoritmo no discrimina. Simplemente reproduce, a mayor velocidad y con menor accountability, las condiciones de posibilidad que el sistema ya había construido.


La necropolítica no necesita voluntad soberana visible cuando tiene infraestructura técnica que opera de forma autónoma.


LO QUE EL SISTEMA NO PUEDE ADMITIR


El problema con nombrar todo esto explícitamente —con decir que la brecha tecnológica es una forma de necropolítica que los excluidos de la economía digital son residuos funcionales del proceso, que los futuros cancelados de Fisher se cancelan exactamente sobre los cuerpos que más necesitarían futuros alternativos. El discurso del progreso inclusivo es el mecanismo de legitimación principal del capitalismo tecnológico. La promesa de que el acceso se democratizará, de que la IA beneficiará a todos, de que la conectividad emancipa —esa promesa es el combustible ideológico que permite que el proceso continúe sin resistencia articulada.


Pero el tren no tiene esa dirección. Y los cuerpos que quedan en las vías no son un accidente de trayecto —son parte de la lógica del recorrido.


Lo que el sistema no puede admitir es que la selección no es un fallo. Que la exclusión no es una promesa incumplida. Que los residuos sociales de la modernización tecnológica no son una contradicción que hay que resolver sino un producto que hay que gestionar. Gestionarlos, en los términos de la necropolítica blanda contemporánea, significa hacerlos invisibles, silenciarlos como interlocutores políticos, y esperar que la fricción que generan sea menor que el costo de integrarlos.


NOTA FINAL: OBSERVAR SIN CONSUELO


Este texto no tiene propuesta. No porque la propuesta sea imposible sino porque la función de este texto no es proponer —es nombrar. Nombrar la estructura que produce residuos humanos y los llama progreso. Nombrar la necropolítica que opera sin decreto y sin ejecución, solo con la fría lógica de la actualización permanente. Nombrar los futuros que se cancelan sobre los cuerpos que menos futuro tienen en los términos del sistema.


Fisher murió en 2017. Land sigue escribiendo desde algún lugar en Asia. Mbembe sigue pensando Africa. Y en Ibagué, en el calor de mediodía, un empleado público recibe la notificación de que su cargo se reestructura y que puede inscribirse al módulo de transición digital antes del 30 del mes.


El proceso continúa.


MORTEX — NOCTURNO CULTO

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